la vías abiertas (2)

América Latina 2017: balance y perspectivas

Juan Guijarro

La marea progresista de esta década en América Latina constituye un enorme reservorio de experiencia política para las izquierdas en todo el mundo. El examen de esta experiencia, en curso, está lejos de concluir; y por ello es bienvenida la publicación de Las vías abiertas de América Latina, un volumen colectivo que reúne miradas cruzadas, con cada capítulo dedicado a un país; con enfoques diversos pero un horizonte compartido.

Además, el momento es propicio para la reflexión: este año se cumple el centenario de la Revolución Rusa, la revolución por antonomasia para las izquierdas radicales; y también porque hace poco falleció el líder de la Revolución Cubana, que ha sido un acontecimiento referencial para varias generaciones de movimientos políticos en el Tercer Mundo. Estas circunstancias históricas nos demandan repensar el concepto mismo de revolución en tiempo presente.

            Precisamente lo que nos muestran los capítulos de Las vías abiertas de AL es que la irrupción simultánea de la izquierda en los gobiernos de la región se puede caracterizar, más allá de sus diferencias específicas, examinando los adelantos, los bloqueos y los rodeos en el frente de avanzada antineoliberal.

En esta dirección, el punto de apoyo fundamental son los cimientos sociales de este frente: se ha condensado poder ejecutivo por vías democráticas, trastocando la matriz del poder social mediante la movilización, la suma electoral, las innovaciones jurídico-institucionales —y renovaciones  constitucionales en los casos en que hubo crisis de régimen—, junto con la reingeniería de los aparatos estatales. Todo ello multiplicando formas de acción, apuntando iniciativas e innovaciones en beneficio de una nueva coalición popular.  Las avances son varios y su dimensión es diferente en cada país, pero la frontera a traspasar es la misma: el proyecto neoliberal que antecedió a las izquierdas en el poder, dejando como saldo un enorme fracaso social.

Una década después de la conformación de este frente antineoliberal, resulta urgente y necesario para las izquierdas pensar y actuar sobre la base de las experiencias de gobierno, para aprender de los éxitos y enmendar los errores; y sobre todo para seguir avanzando hacia los objetivos propuestos. Con este interés, en lugar de analizar los capítulos por separado, país por país, y luego tratar de extraer de cada caso algunas concepciones generales, les propongo hacer el camino inverso: pasar de una estructura formal que permita, el día de hoy, concebir las posibilidades y limitaciones del frente antineoliberal latinoamericano.

Es decir que me voy a enfocar en cuestiones específicas tratadas en cada capítulo, que he escogido con el criterio de su potencial heurístico y reflexivo para explicar otros casos y estimular prácticas de aprendizaje político. No está demás decir que en ninguna manera esto sustituye la lectura atenta del libro. Pero creo que la opción que les propongo permitirá entender los países no como un conjunto de divergencias respecto a un modelo ideal, sino como variaciones prácticas respecto a un horizonte estratégico.

Tengo aquí en mente lo que Emir Sader ha descrito en varios textos como “síntesis estratégica”: balances de conjunto con orientación teórico-práctica.[1] En este sentido, les propongo una lectura de Las vías abiertas… a partir de cuatro dimensiones analíticas que proceden de la teoría revolucionaria clásica (más adelante trataremos sobre la legitimidad de esta exportación teórica):

La primera dimensión del cambio revolucionario alude al carácter específico de la acumulación: esto es, la forma particular en que una sociedad produce y circula, invierte, acopia y consume valores para generar riqueza. Los indicadores de crecimiento y distribución de la riqueza durante la década son notables, así como su traducción en beneficios sociales como salud, educación y seguridad social. Pero también existe una preocupación compartida por la actual caída en los precios de las materias primas y la desaceleración o recesión de las economías; los heraldos de oposición aluden a un ‘fin de ciclo’, sugiriendo que con esta contracción también han terminado (deberían terminar) los gobiernos de izquierda.

Contra esta noción de ‘fin de ciclo’, Álvaro García Linera apunta la prioridad para los gobiernos de conseguir “crecimiento y estabilidad económica como bases materiales de la justicia y la fortaleza política” (LVA: 31). Porque la posibilidad de asentar esta “materialidad” es la condición ineludible para mantener la legitimidad social de los procesos.

 Podemos contrastar este argumento, con fines de análisis, con la posición de derecha, que dice más o menos: hubo una coyuntura de aumento de los precios de las materias primas; los gobiernos ‘populistas’ aprovecharon esta oportunidad para derrochar y atraer adhesiones de corta duración; ahora que los precios bajaron deben ser reemplazados por gobiernos ‘responsables’ –léase de derecha–. Se elabora así un argumento como el que Pareto denomina ‘circulación de las élites’: cuando hay excedentes los zorros manejan el gobierno y prodigan; cuando se acaba el dinero, los leones gobiernan y ahorran.[2]

Evidentemente, existe un abismo entre la concepción conservadora y la concepción radical. Lo que separa a quien busca el cambio de quien lo evita es, en principio, el determinismo: como es imposible negar los resultados socioeconómicos de la izquierda, la derecha pretende inducir la sospecha de que el éxito de las políticas antineoliberales estuvo supeditado al mercado internacional: una coyuntura favorable, pero azarosa e irrepetible. En términos de Maquiavelo: fortuna sin virtud, como alude Antonio de Cabo en la introducción al volumen (LVA: 14).

La lectura de Las vías abiertas… en conjunto nos provee de argumentos y pruebas fehacientes de lo contrario: la más inmediata se encuentra en la serie de acciones emprendidas por los gobiernos para nacionalizar recursos y rentas que se encontraban en manos del capital extranjero, así como el establecimiento de esquemas fiscales más progresivos, para reinvertir esos recursos y generar mayor riqueza y (re)distribuirla a más. Pero esta confirmación no nos resguarda de la sentencia ominosa del futuro: ¿si el crecimiento cae, cae la izquierda?

Aquí se nos presenta una cuestión fundamental que apunta al horizonte estratégico compartido por las experiencias de gobierno antineoliberal en América Latina. En el contexto de sociedades en transición, la base objetiva de coexistencia entre proyecto neoliberal y proyecto neosocialista viene definida por concepciones teóricas y prácticas compartidas entre ambos bandos: una de estas nociones clave, de sentido común, es el concepto macroeconómico de crecimiento; y su correspondiente en términos microeconómicos, el ingreso.

Por una parte, los neoliberales apuntan a la competencia y la concentración, mientras que los neosocialistas optan por la cooperación y la distribución; pero tanto la izquierda como la derecha parecen interesadas en el crecimiento/ingreso. Este es un terreno común, y hace posible que la oposición pueda interpelar a los gobiernos progresistas sosteniendo que la reducción del crecimiento/ingreso es un problema de gestión: los conservadores afirman que los ingresos extraordinarios de la década fueron desperdiciados: con una mejor asignación de recursos –léase ahorro social– habría sido posible paliar la caída.

En este punto se vuelve evidente otro sesgo de interpretación: por una parte, la derecha sostiene que los errores son provocados por las omisiones de la izquierda; por otra, que los aciertos se deben al mercado. Ninguna de estas dos proposiciones se puede entender al margen de la otra, pues ambas se complementan. La réplica, por tanto, debe apelar a vincular la acción política con sus resultados económicos y sociales, en el marco de circunstancias y condiciones que permiten o impiden alcanzar los objetivos propuestos; y también es preciso contrastar los resultados de la década ganada con los de la década pérdida. Pero esta réplica no es suficiente, porque se libra en los términos del adversario, en el campo del sentido común de la época.

En efecto, ¿quién se atreve hoy a negar la prioridad del crecimiento/ingreso en la agenda pública? No obstante, si nosotros concedemos que esta prioridad se trate exclusivamente como un problema de gestión, adoptamos implícitamente la ideología según la cual, en la medida en que los gobiernos se suponen determinados por el mercado, entonces en momentos de recesión económica parece preciso que vuelvan al gobierno los leones ahorradores de Pareto.

Tal como se plantea en términos (neo)liberales, esta parece una elección clara y evidente: hay momentos de crecimiento y recesión, y los gobiernos deben adecuarse a estos momentos. A esta intuición de sentido común los agoreros del desastre le denominan ‘fin de ciclo’.

En el fondo este no es un problema intelectual, sino práctico. Porque depende de cómo concebimos los problemas qué soluciones planteamos. Por eso cabe insistir en que la inteligencia de la izquierda sabe más que el supuesto ‘fin de ciclo’: sabe que la historia no se repite, porque el crecimiento/ingreso es la superficie cuantitativa, inmediata, de una compleja trama de acontecimientos, que no se circunscriben ni solo al momento presente ni meramente a la voluntad de los agentes económicos. El crecimiento/ingreso se trata del efecto, no de la causa. Por tanto, ni el determinismo ni el voluntarismo nos ayudan a impugnar y actuar contra el aparente ‘fin de ciclo’.

Para entrar en este debate no podemos conceder que el crecimiento/ingreso se aborde restringidamente como un asunto de gestión; tenemos que explicar las fluctuaciones del crecimiento/ingreso en vínculo con, e incluso subsumidas a, el concepto de acumulación. Porque si bien el dinero es un indicador inmediato del valor, este indicador no necesariamente da cuenta de cómo las funciones monetarias nominales del intercambio, la reserva y el crédito, son desbordadas para convertir la suma de dinero en un fin en sí, a través de complejos procesos de valoración que se despliegan en la larga duración.

Si miramos, a vuelo de pájaro, este proceso de valoración a escala mundial podemos constatar en el siglo reciente dos momentos.[3] Luego del impacto internacional de la Guerra de Treinta Años en Europa (1914-1945) hay procesos de reconstrucción y recuperación del consumo que impulsan una fase expansiva de acumulación, caracterizada por el incremento material de la producción mercantil (1945-1975), y un aumento de la tasa de retorno del capital a la par que una recuperación de los salarios.

En la segunda mitad de la década de 1970 comienza una fase recesiva de acumulación, cuando se presentan obstáculos para la reinversión y los índices de retorno de la economía real caen. Entonces el capital se desplaza en busca de nuevas formas de  ganancia: por una parte la financiarización de la economía —abandono unilateral del patrón oro por parte de EEUU, expansión del crédito internacional y subsiguientes crisis de deuda; incremento de los sectores especulativos en detrimento de los asalariados—; y por otra parte nuevas formas de explotación —deslocalización productiva, sobreexplotación de mano de obra ‘barata’; nuevas tecnologías, nuevas formas de trabajo ‘flexible’, privatización de bienes comunes naturales y vitales, etc.—.

Abreviando: las causas de los impulsos, bloqueos y puntos de inflexión de los ciclos de acumulación se encuentran en cómo se enfrentan dos cuestiones paralelas: la contradicción entre el imperativo de acumular capital más allá de los medios para (re)invertirlo; a la par que la contradicción que introduce la necesidad de generar mercados a la par que se destruyen capacidades de realización de las mercancías. Podríamos decir que en tiempos de frente antineoliberal, Lenin debería ir de la mano con Rosa Luxemburgo.[4]

Por tanto el crecimiento no es una línea ascendente continua, con episódicos ascensos y descensos, en la que todos los agentes económicos resultan beneficiados. Por el contrario, en la dinámica de la acumulación capitalista hay ganadores y perdedores, con trayectorias distintas y muchas veces divergentes. Estas trayectorias involucran, tanto a nivel nacional como internacional, específicas divisiones sociales del trabajo, a la vez que trazan las correlaciones de fuerzas, las alianzas y las oposiciones.

La concepción economicista de los ciclos continuos de crecimiento resulta entonces muy distinta de la concepción económico-política de los ciclos discontinuos de acumulación. Al ubicar el debate en el campo de la acumulación me parece que se vuelve necesario suspender la noción de un ‘fin de ciclo’, y esto obliga a continuar el debate examinando la larga duración. A esta estrategia podríamos denominarla sobredeterminación retrospectiva, y creo que es relevante no solo para cuestionar a la oposición, sino también para considerar las perspectivas de futuro en el frente antineoliberal latinoamericano.

Llegados a este punto, resulta evidente que debatir los ciclos de acumulación nos demanda pensar más que la economía; y también reflexionar no solo sobre el pasado, sino también sobre el futuro. Es claro que la posición de EEUU al timón de la nave capitalista ha dependido no solo de su crecimiento económico, sino también de su capacidad para lograr alianzas —económicas, pero también políticas, sociales, culturales— que apoyen su proyecto, así como su capacidad para superar oposiciones —como las que en su momento plantearon los países del bloque socialista del siglo XX—. El despliegue histórico de esta capacidad corresponde a la dialéctica hegemonía-contrahegemonía, que nos remite a una segunda dimensión analítica: el concepto de transición.

Un examen más detenido del período que nos ocupa revela que la hegemonía está estrechamente vinculada con los ciclos de acumulación, pero no de una manera mecánica: el momento de mayor consenso hegemónico se presentó con la implosión de la URSS y su órbita de influencia, que permitió la reivindicación del proyecto neoliberal como única alternativa, luego condensada en el Consenso de Washington. Es decir que el apogeo del ciclo hegemónico sucede cuando ya ha comenzado la fase recesiva de acumulación. En cambio su momento de ocaso no ha llegado aún: pero ya no existe aprobación general del ideario neoliberal, y la cabeza de puente antineoliberal se está construyendo, precisamente, en América Latina desde la década reciente.

Pero la hegemonía también cubre un espacio más extenso que los contenidos explícitos de las ideologías oficiales. Estas zonas, más difícilmente accesibles a la crítica y la política formal, son precisamente las que ocupan a Manuel Canelas cuando apunta en la agenda de transición la necesidad de asentar “una nueva cotidianidad distinta a la neoliberal” (LVA: 100).

Con esto Canelas se refiere a la transformación de las necesidades y deseos, los espacios de producción y reproducción social. Es decir, la transformación de las valoraciones sociales. Se trata de una tarea enorme, que sin duda no se resuelve en el marco de una década.

Con todo, resulta ineludible mantener este punto en la síntesis estratégica porque también permite seguir revelando lo que hay de falso tras la denuncia de ‘fin de ciclo’: ¿podemos decir que ha terminado un proyecto que no ha agotado sus posibilidades objetivas? En efecto, ¿podemos mirar los valores de la sociedad de mercado por encima del hombro, como si ya pertenecieran al pasado?

El proyecto neoliberal está cada vez más cuestionado, y los efectos sociales de las burbujas especulativas van ensanchando el círculo de los descontentos. Pero para que estos cuestionamientos arraiguen en un nuevo sentido común es preciso que planteen alternativas, no meras formulaciones desiderativas.

Por eso debemos tener claro que la transición posneoliberal no supone simplemente el reemplazo de una conciencia por otra meramente opuesta; ni tampoco es plausible aspirar a que tal reemplazo desplace a la clase dominante y engendre de por sí un nuevo agente colectivo progresista —pensemos que también la derecha radical puede ganar impulso: p. e. el recién electo presidente de EEUU ha rechazado el libre comercio reviviendo la conciencia rencorosa del nacionalismo supremacista blanco—.

Para tratar este asunto, si antes apuntamos a la historia de la acumulación, es preciso también considerar la historia del movimiento social. En esta dirección, podemos observar que los movimientos sociales antineoliberales emergieron en América Latina a finales del siglo XX e inicios del XXI, como la negación contrahegemónica de formas específicas del desarrollo capitalista. Contra los principios de maximización de la producción, lucharon por poner límites a la explotación de los seres humanos y la naturaleza; contra el principio de la competencia entre individuos utilitarios y egoístas abanderaron los principios de reconocimiento, solidaridad y cooperación, sin los cuales los límites a la explotación serían imposibles.

Con la contrahegemonía se trata, por tanto, de una guerra planteada no solo contra las relaciones económicas neoliberales, sino contra la racionalidad capitalista misma. El objetivo contrahegemónico ulterior era (y sigue siendo) subordinar esta racionalidad a la vida de los seres humanos y no a la inversa.

Los capítulos de Las vías abiertas… nos muestran cómo en cada país la izquierda en el gobierno avanza o retrocede expandiendo o limitando las zonas de influencia neoliberal, fácilmente detectable: en un mundo encaminado hacia la realización del capital, las personas empiezan a tratarse como mercancías, y las mercancías como personas. Así, contra la privatización de los bienes públicos las políticas antineoliberales han reivindicado la igualdad ciudadana, con mayor o menor profundidad, mediante la redistribución del ingreso y la provisión de bienes y servicios públicos universales y de calidad.

Es decir que la política de transición se opone a la racionalidad capitalista encuadrando la maximización de la productividad y la ganancia en un marco social de bienes públicos, de manera que los objetivos económicos se subordinan a la reproducción de la vida.

Pero ahí donde se subordina la acumulación del capital a la sociedad, los gobiernos progresistas no pueden colocar la misma racionalidad capitalista para un proyecto que busca superarla. Hay que precaverse: un proyecto que propone salir del neoliberalismo mediante el desarrollo planificado del crecimiento/ingreso infinitos per se, reivindica la acumulación por la acumulación, y necesariamente se vuelve su opuesto: reconstruirá una sociedad encaminada por la racionalidad capitalista.

Este problema revela toda su complejidad en la práctica: porque la racionalidad capitalista presupone ya una disyunción entre los agentes y la estructura económica —pensemos en la ética egotista que suponen la mano invisible de Adam Smith o los vicios privados que se traducen en virtudes públicas según Mandeville—. Y el riesgo mayor en la política pública consiste en reproducir esta brecha.

Este es el problema que examina agudamente Alfredo Serrano en el caso venezolano; pero luego también se ocupa de generalizar y plantea la cuestión para otros casos:

Si bien durante esos años hubo logros tímidos en la producción de alimentos y otros bienes básicos manufacturados, la velocidad con la que se incrementó el consumo (más democratizado) de los hogares venezolanos fue mucho mayor. Este desequilibrio estructural fue aprovechado, sin lugar a dudas, por el capital privado nacional —en connivencia con el capital transnacional— para dedicar toda la actividad económica a la importación, así como a las tareas de distribución y comercialización… El capitalismo penetró de esta forma en la reestructuración económica que se estaba produciendo en Venezuela en estos años. El rentismo importador del siglo XXI constituye un fenómeno económico propio de países en los que se produce una transformación inmediata de las pautas de consumo de la mayoría de la población, pero sin posibilidad real de satisfacerla mediante una transformación inmediata —a la misma velocidad— de la matriz productiva (LVA: 241).

Podemos extrapolar de este argumento sus rasgos formales básicos: los gobiernos progresistas se alimentan de y dan sustento a nuevas aspiraciones sociales; pero en cierto punto la revolución de expectativas al alza desborda a las capacidades de acumulación, provocando un desfase que es aprovechado por los adversarios para restaurar la antigua racionalidad que debía ser superada.

El mundo parece invertirse: la ‘matriz’ productiva —que precisamente se denomina con esta metáfora para aludir al poder generador— parece subsumida bajo la ‘matriz’ social, lo que es aprovechado por una (nueva) lumpenburguesía para reinstalar el pasado. La dinámica de esta relación tripartita se debe examinar junto a la relación funcional entre matriz primario-productora y secundario-exportadora.

Si antes señalamos en el ciclo de acumulación, por una parte, la contradicción ‘leninista’ entre acumular capital sin medios para (re)invertirlo; y por otra parte, la contradicción ‘luxemburguiana’ entre generar mercados sin capacidad para realizar las mercancías; ahora tendríamos que examinar la contradicción entre ambas contradicciones…

No podemos detenernos en este examen ahora; para resumir preveamos que la sutura entre posibilidades y aspiraciones no podrá ser unívoca, porque se encuentra sobredeterminada por la dialéctica hegemonía-contrahegemonía, que marca los ritmos del cambio. Las demandas insatisfechas pueden decantar en descontentos, y estos en conflictos sociales que jalan o frenan los avances. Es imprescindible saber hacia dónde dirigirse: la sociedad no es reaccionaria por definición, y para establecer matices necesitamos hacer más investigaciones comparativas sobre este asunto.

Lo que sí queda claro es que la dialéctica hegemonía-contrahegemonía no es solamente un problema del enfrentamiento entre conciencias opuestas: hay un desfase tangible y concreto entre acumulación y sociedad, que tendencialmente amenaza con desbordar hacia una contraposición entre sociedad y Estado, de la que se beneficia la derecha.

Por eso la batalla contra la racionalidad capitalista no ha perdido su actualidad; y mientras se encuentre en el horizonte del cambio me parece que el concepto de revolución, de cambio revolucionario, mantiene su relevancia para nuestra discusión. Les propongo que si al peso de la acumulación histórica la denominamos sobredeterminación retrospectiva, a esta dialéctica que proyecta la vida social contra la hegemonía de la racionalidad capitalista podemos denominarla sobredeterminación prospectiva.

En este punto habría que aludir a una tercera dimensión analítica: la estructura de la sociedad como tal. Hay dos maneras de mirar una sociedad: la primera es descriptiva, se enfoca en una superficie tersa y apacible en que no aparecen discontinuidades entre un ciudadano y otro, pues la sociedad se representa como un espectro continuo en que se distribuyen los ingresos, el consumo, los votos; en las estadísticas no aparecen barreras para la movilidad social, y para obtener las preferencias simplemente se suman las cifras.

La segunda manera de mirar una sociedad es estratégica: ahí donde el conservador ve un mar en calma el radical ve una tormenta en ciernes: quiebres entre clases con intereses opuestos, concentración de la riqueza y las oportunidades, brechas de desigualdad y distancias injustas. Discontinuidades de todo orden, que pueden polarizarse y encender la chispa.

En efecto, el análisis estratégico nos muestra que la acumulación de capital se define tendencialmente por su grado de concentración: lo que significa que a medida que avanza el proceso de acumulación la riqueza tiende a encerrarse en un círculo cada vez más estrecho. Por consiguiente, la clase de los capitalistas es siempre demasiado pequeña para actuar como fuerza autónoma en la esfera pública. Para ello debe dotarse de una masa de maniobra que es, en cierta medida, externa.

Esta masa externa, este ejército político auxiliar, se puede componer de una diversa gama de profesionales, técnicos y administrativos; e incluso de tránsfugas de los otros campos. Por una parte, los capitalistas se identifican como propietarios y rentistas; por contraposición, los trabajadores son vistos como asalariados. Sin embargo, la masa heterogénea que se suele denominar ‘clase media’ por su ubicación estadística, no tiene ninguna unidad interna semejante a las otras clases; por su propia naturaleza adopta una forma irregular y esquiva. Se trata usualmente de pequeños propietarios de cuello blanco que aspiran a separarse de los pobres y asimilarse entre los ricos.

Pero lo que tampoco indican las estadísticas es que la clase media se encuentra en una falsa posición: porque quiere parecer lo que no es y ser lo que no parece. A esta incertidumbre —para la clase, para el estratega— hay que añadirle la complejidad que deriva de una mirada más detenida de las fracturas sociales, más allá de la cuestión socioeconómica.

Fenómenos comparables de falsa posición, aunque con sus especificidades, se pueden identificar en los legados históricos de la dominación colonial suplementada por culturas del honor, patriarcales y racistas. Hasta el día de hoy subsisten, cubiertas o encubiertas, prácticas discriminatorias y prejuicios contra los indios, contra los negros, contra las mujeres, contra los ancianos y las personas con discapacidades, contra las diferentes identidades de género, etc. Aquí la mirada revolucionaria tiene que ser estratégica también en otro sentido: las divisiones se polarizan en una u otra dirección, se multiplican o se concentran, en extensión e intensidad, de acuerdo a las circunstancias y los objetivos propuestos.[5]

Hasta aquí hemos considerado, brevemente, el análisis estático de la estructura social; ahora hay que hacer apuntes para el análisis dinámico.

En la medida en que atravesamos cambios históricos en los ciclos de acumulación-hegemonía, también hay mutaciones en las formas de explotación que inciden en la estructura social. El paisaje del capital explotador del trabajador se ha transformado desde que la fuente de valor ya no es única ni principalmente el trabajo regular, en un horario delimitado en la oficina o la fábrica, por el cual se paga un salario fijo. El desplazamiento del capital hacia la especulación se impone a la par que se introducen nuevas tecnologías informáticas, que están generando lógicas de producción/consumo inéditas: vuelven borrosas las fronteras entre tiempo de trabajo y tiempo libre, entre lugar de trabajo y hogar, entre reproducción de la vida y reproducción del capital.

Si el capitalismo secular se fundó en la extracción del valor de  la fuerza de trabajo, el renovado biocapitalismo se nutre directamente de la vida: de la subjetividad de las personas, de los afectos que expresan en sus prácticas cotidianas; y de la mercantilización directa de la naturaleza. La explotación se expande hacia todos los ámbitos de la vida: una persona solo necesita estar conectada con la red para producir valor mediante la puesta en escena de su propia subjetividad (mensajes, contenidos, información, etc.); y de la extracción de este valor hay grandes empresas informáticas que están lucrando.

Esto no quiere decir que el trabajo ya no sea la fuente de valor, por contraposición al tiempo libre; muy al contrario se trata de la ampliación de la lógica de explotación del trabajo a todos los ámbitos vitales (de los seres humanos y la naturaleza). Y de ahí que el resultado empírico para la experiencia cotidiana es que, a pesar de que supuestamente contamos con los medios para reducir nuestra carga laboral, a fin de cuentas cada día parece que tenemos menos tiempo autónomo; la hipótesis que plantean René Ramírez y Juan Guijarro es que, en realidad, no trabajamos menos sino más.[6]

Estas circunstancias nos enfrentan con interrogantes sobre los posibles agentes colectivos que impugnen las nuevas formas de explotación; y, por consiguiente, nos conduce a preguntarnos sobre las posibilidades de transición. Estas inquietudes se encuentra en el fondo del panorama social que trazan Ramírez y Guijarro sobre la década ganada en Ecuador: al cruzar los datos soecioeconómicos más ortodoxos con los datos de satisfacción con la vida, observamos el perfil de una ciudadanía en dos capas, que no siempre coinciden: en la primera se ve cómo mejoran los indicadores cuantitativos de ingreso/consumo de toda la población; en la segunda capa se ve que hay un sector de clase media que, a pesar de la mejoría objetiva, se siente insatisfecha. Este fenómeno es denominado la “paradoja entre bienestar objetivo y malestar subjetivo” (ELA: 172).

Se trata de un fenómeno que sin duda tiene relación con el desfase entre aspiraciones y posibilidades que antes discutimos. Resulta imprescindible seguir investigando cómo operan esta paradoja y el desfase, en profundidad y extensión comparativa, para sustentar análisis estratégico —¿qué sucedió en las elecciones en Venezuela y Argentina; o en las movilizaciones que apoyaron el derrocamiento de la presidenta en Brasil?—. Tal análisis permitiría concebir una sobredeterminación de los procesos posneoliberales desde abajo.

Pensemos que para el análisis estratégico de la estructura social lo principal es visibilizar al adversario, y a los potenciales aliados y enemigos. El enfrentamiento en el plano social nunca asume una proyección completa de la polaridad entre gobierno y oposición. Más bien se trata de una relación a cuatro bandas: la izquierda y la derecha están rodeadas por la presencia difusa de sectores semi-leales.

Parece promisorio rastrear en otros casos esta paradoja entre bienestar objetivo y malestar subjetivo: porque más allá de las divisiones sociales, esta escisión que se revela en el bienestar —que, no olvidemos, también se emparenta con la mitología neoliberal que niega los resultados de la izquierda— nos obliga a ampliar los límites de la dialéctica hegemonía-contrahegemonía: porque en las aristas de la coerción y el consentimiento no cabe la labilidad de las contradictorias posiciones semi-leales que alimentan las paradojas y los desfases de la racionalidad capitalista. En este mismo sentido, también es imprescindible distinguir entre cuatro posturas: consenso activo y pasivo, y disenso activo y pasivo.[7]

Por último, una cuarta dimensión del análisis nos revoca a la estructura estatal. Para la operatividad de la acumulación en cierto espacio territorial, en cierto período histórico, es necesario el Estado. El Estado marca en el tiempo una frontera de identidad colectiva en la historia nacional y otra de identidad generacional en el presente y la imaginación del futuro; y en el espacio marca una frontera interna respecto a la sociedad y otra frontera externa respecto a otros Estados.

Por eso la clase dominante se define en torno a la ocupación del Estado, y como potencial adversaria de cualquier otro Estado o de cualquier clase dominante extranjera. Esto significa que una revolución en curso tiene, en sus principios, la posibilidad latente no solo del enfrentamiento interno, sino también externo.

Esta posibilidad resulta más evidente si cuestionamos la leyenda de la globalización neoliberal: la acumulación capitalista crea un mundo, pero no se trata de un mundo homogéneo en donde los países aprovechan sus ventajas comparativas para lograr un desarrollo convergente hacia el centro. Muy al contrario, la dinámica de la expansión del capital incorpora a sociedades de una manera combinada y desigual: una combinación geopolítica que permite la acumulación, pero desigual en sus efectos socioeconómicos.

Esta advertencia nos conduce ya más allá de la estructura estatal, y nos remite de nuevo a la estructura social. Es decir que el Estado resulta un factor crucial pero no autónomo: podríamos señalar que complementa la sobredeterminación desde abajo, desde la estructura social, con una sobredeterminación desde arriba.

Esta diferencia permite distinguir entre revolución política y revolución social, pero no necesariamente como categorías opuestas y excluyentes, sino más bien en tanto señas de diferencia entre cambios impuestos desde arriba y cambios impulsados desde abajo: con o sin consentimiento, con más o menos acción o pasividad; esto es, con cierto grado de conciencia de clase y dirección colectiva.

Aquí ya se revela la naturaleza contradictoria de los aparatos estatales: ¿el Estado es universal para todos o particular para los aliados? ¿Es un Estado universalista o particularizante? Preguntémonos, por ejemplo, si el día de hoy hemos resuelto a cabalidad la compleja innovación que requieren los Estados plurinacionales en Ecuador y Bolivia… Si antes nos preguntamos, desde la perspectiva de la sociedad, cuándo hay consenso y cuándo no, ahora la pregunta recíproca sería desde el Estado: ¿hasta dónde llega la dirección y dónde empieza la fuerza?

Frente a estas inquietudes, apremia el examen que plantea Constanza Moreira:

La pregunta es: ¿quién paga el pato en épocas de crisis? ‘Nosotros no’, dirá el gran capital… La izquierda en el gobierno impedirá que el ajuste recaiga sobre… los más pobres… Para que los poderosos “no paguen el pato” se hace necesario desplazar a la izquierda del gobierno. Y entonces sí, como con Macri o Temer, el ajuste se convertirá en ‘tarifazo’, privatizaciones, concesiones a los fondos buitres o reducción del gasto público. Una parte de la crisis política es producida para enfrentar la crisis económica de tal forma que los perdedores y los ganadores estén bien definidos, como siempre (LVA: 224).

Entonces, ¿quién paga el pato? En los libros de cuentas de la historia están registrados los obstáculos y límites para las revoluciones con múltiples frentes adversos y sin alianzas estratégicas. No obstante, los gobiernos progresistas en América Latina, que iniciaron la década con el impulso de la integración regional, han ido perdiendo esta fuerza: luego del fallecimiento de Chávez, las alianzas regionales se han resentido.[8]

Sin embargo es preciso tener en mente que el futuro de cada proceso está inextricablemente unido al de los otros: cubrir los puntos vulnerables en el frente antineoliberal es una necesidad compartida. En la actualidad la aspiración a una nueva Internacional Socialista sigue siendo idealista, y requiere complementarse con una buena dosis de realismo. La revisión de la historia de la economía política internacional nos muestra que ninguna transición hegemónica sucede pacíficamente, sin choques y enfrentamientos; y es preciso advertir las ocasiones identificar los cambios en las correlaciones de fuerza, tejer alianzas contrahegemónicas y evitar una nueva dialéctica de la dependencia. No se puede decir aquí mucho más por ahora.

Me parece, en fin, que entender sintéticamente los procesos reflexionando sobre la sobredeterminación revolucionaria es legítimo en tanto nos permita también construir legados de larga duración. Esto significa que no debemos mirar únicamente la herencia de la década ganada, sino también la memoria colectiva de las revoluciones pasadas, en un círculo expansivo que nos provea de asideros para la década por venir. En este sentido la lectura de Ricardo Foster sobre el populismo después del populismo resulta incitante, porque nos remite al hilo rojo de las agendas revolucionarias por cumplir (LVA: 57-90).

Siguiendo este hilo me gustaría terminar con una breve nota al pie y un pequeño tributo. Leyendo a Foster recordé el texto de una breve exposición de Ricardo Piglia en Buenos Aires a finales del año 2000, titulada “Teoría del complot”.[9] Me parece que ahí Piglia hace una lectura que, en cierto punto, se cruza con la nuestra: porque examina la  posibilidad de síntesis entre el poder y su representación estético-política.

Si recordamos las circunstancias de ese momento histórico, con la tormenta neoliberal presagiándose, podemos entender por qué Piglia nos propone pensar la trama del poder desde la noción de complot, que entiende como “un punto de articulación entre prácticas de construcción de realidades alternativas y una manera de descifrar cierto funcionamiento de la política”.

Con esta definición Piglia establece una tesis: “Hay que inventar el complot contra el complot”. Y a partir de esta tesis traza un mapa de horizontes políticos. En un extremo Piglia ubica a Borges, que en La lotería de Babilonia imagina una anónima Compañía que sortea, primero, premios; luego, también reparte castigos; paulatinamente, toda la vida de las personas, sus roles sociales y sus amistades y emparejamientos, y hasta sus defunciones, se someten al arbitrio de la Compañía. El azar de la vida social ha sido abolido por el poder de la lotería perfecta: pero con ello, también desaparecen las valoraciones que permiten distinguir lo bueno, lo bello, lo verdadero.

En el horizonte del otro extremo, Piglia nos invita a pensar “una exaltación de la noción de crisis como un punto de ruptura del funcionamiento normal del sistema, y por lo tanto, un momento donde se ve funcionar aquello que no es tan racional como a primera vista parece”. Como ejemplo nos recuerda lo que llama una ‘parábola’, cuyo autor es Keynes.

En el período de recesión de los treinta, frente a las recetas de austeridad de los economistas ortodoxos, Keynes plantea una provocación: “Si la Tesorería se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a profundidad… y dejara a la iniciativa privada, de conformidad con los bien experimentados principios del laissezfaire, el cuidado de desenterrar nuevamente los billetes… no habría más desocupación, y con ayuda de las repercusiones, el ingreso real de la comunidad, y también su riqueza de capital probablemente rebasarían en buena medida su nivel actual”.

Esta “conjura irónica”, como la denomina Piglia, no nos brinda respuestas, pero nos incita a pensar. Es cierto que tanto en Borges como en Keynes se trata de sobredeterminaciones desde círculos estrechos de acción; pero la irradiación del complot desde la Compañía es distinta de la irradiación del complot desde el Estado. En un caso se trata de una sobredeterminación externa, por así decirlo; en el otro, interna. El agente privado somete la voluntad de la sociedad al cálculo; el agente público reivindica el bienestar social sardónicamente: entierra botellas con dinero para salvar el laissez-faire.

Creo que la tesis del complot contra el complot nos empuja precisamente a representar, con distancia irónica, la crisis como repetición de posibilidades truncas. En los límites no traspasados la historia se condensa en puntos decisivos. En el presente tenemos un tablero con posiciones definidas: por una parte se encuentra la derecha preservando su raíz conservadora: no tiene plan alternativo, el interés es desmantelar los avances antineoliberales y retornar al statu quo ante. Para persuadir los conservadores apelan a los afectos negativos, al espectro de la crisis y el miedo y la desesperación.

Por su parte la izquierda puede, o bien replegarse y librar la batalla en el campo de la derecha, asumir el Miércoles de Ceniza del Carnaval Revolucionario; o bien continuar la disputa desbrozando nuevos campos de superación, recuperando la esperanza y los anhelos de futuro.

Porque si bien la derecha no plantea alternativas, y aunque la unificación general del campo político se realice bajo la impronta del posneoliberalismo —la derecha latinoamericana ya no se autorrepresenta públicamente como neoliberal—, esto no significa que la oposición no pueda desplazar el espectro a su favor si la izquierda es incapaz de absorber orgánicamente a los semi-leales en su propia esfera.[10]

Por ello solo cabe insistir en que una política revolucionaria es una apuesta por el cambio, pero eso no significa que nunca sea derrotada; por otra parte, una política conservadora nunca busca el cambio. Por tanto, la política revolucionaria no es una política sin reproche, sino más bien una política cargada de futuro.

Esta última exhortación acentúa la urgencia de elaboración y aprendizaje estratégico: es decir que hay muchos motivos para leer con atención Las vías abiertas… y participar en el debate que, esperemos, pueda generar.

[1] Sobre todo en Emir Sader (2009). A nova toupeira. Os caminos da esquerda latino-americana. São Paulo: Boitempo.

[2] Cf. Vilfredo Pareto (1963). The Mind and Society: A Treatise on General Sociology. Nueva York: Dover.

[3] Para mayores explicaciones sobre esta periodización ver Robert Brenner (1998). The Economics of Global Turbulence: A Special Report on the World Economy 1950-98. Número especial de New Left Review, No. 229; Giovanni Arrighi (1994). The Long Twentieth Century: Money, Power, and the Origins of Our Times. Londres: Verso; David Harvey (1989). The Conditions of Postmodernity: An Enquiry into the Origins of Cultural Change. Oxford, Mass: Basil Blackwell.

[4] Ver más adelante nota 6.

[5] En su comentario durante la presentación del libro, Analía Minteguiaga hizo una perspicaz observación crítica sobre la desatención de los autores —y por consiguiente la duda: ¿en qué medida en los procesos…?— a las dimensiones identitarias del ‘reconocimiento’: de género, etnia, origen, subcultura, tendencia sexual, etc. Hago este apunte para coincidir, y además citar de nuevo a R. Luxemburgo porque, además de su importancia incuestionable para el debate sobre la acumulación (cf. nota 5), me parece que también apunta críticamente al mismo blanco, pero con un dardo distinto, porque entiende que la omisión es ya origen del mal, no solo su indicio: “Solo el trabajo que produce plusvalor es productivo y genera rentas capitalistas —siempre que el orden del capital y el sistema de salarios se mantenga—. Desde este punto de vista una bailarina en un cabaret, que obtiene una ganancia para su empleador mostrando sus piernas, realiza un trabajo productivo; mientras que todo el enorme esfuerzo de las mujeres y madres del proletariado  que permanecen en las cuatro paredes del hogar es considerado trabajo improductivo. Esto suena cruel e irracional, pero es una expresión exacta de la crueldad y sinrazón del orden económico capitalista”. Cf. Rosa Luxemburgo (1912). “Women’s Suffrage and Class Struggle”. En Peter Hudis & Kevin Anderson (2004). The Rosa Luxemburg Reader. Nueva York, Monthly Review Press, p. 241.

[6] Las ideas desarrolladas en ese capítulo, además de la metodología para replicar la investigación, se encuentran originalmente en René Ramírez (2012). La vida (buena) como riqueza de los pueblos. Hacia una socioecología política del tiempo. Quito: IAEN-INEC.

[7] Al final de la presentación, Julio Peña y Lillo me hizo una observación sustancial sobre el aporte de Bolívar Echeverría para la discusión, así que quiero consignar aquí la actualidad y relevancia de su interpretación de las cuatro formas básicas de vivir las contradicciones del capitalismo —que denomina éthé—: negar, afirmar, aceptar, rechazar. Un examen más detenido sobre el tema que estamos tratando ganaría profundidad con un cruce entre Echeverría y Gramsci. Cf. Bolívar Echeverría (1994). “El éthos barroco”. En Bolívar Echeverría (ed.). Modernidad, mestizaje cultural y éthos barroco. México DF: UNAM/El Equilibrista, pp. 13-35.

[8] Sobre la visión internacionalista de Chávez es esclarecedor el estudio de Alfredo Serrano (2014). El pensamiento económico de Hugo Chávez. Caracas: Vadell Hermanos, pp. 463-510. (También hay ediciones en Ecuador en el IAEN y España en El Viejo Topo.)

[9] La versión más fácil de encontrar se encuentra en Ricardo Piglia (2014). Antología personal. México DF: Fondo de Cultura Económica, pp. 99-118.

[10] Sobre esta posibilidad no podemos olvidar en América Latina la lección histórica de programas electorales de izquierda que se convirtieron en programas de gobierno de derecha. Cf. Susan Stokes (2001). Mandates and Democracy: Neoliberalism by Surprise in Latin America. Cambridge, Mass: Cambridge University Press.

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