socialismo siglo XXI

América latina y el socialismo del siglo XXI

Ponencia presentada en el Seminario Permanente de Pensamiento Crítico Latinoamericano Bolívar ECHEVERRÍA.                                                                                                             Quito, 22 de agosto 2016

Por: Julio Peña y Lillo E.

El Seminario Permanente de Pensamiento Crítico Latinoamericano Bolívar Echeverría, se ha planteado reflexionar sobre el llamado Socialismo del Siglo XXI. Para ello, quisiéramos comenzar planteando algunas interrogantes:

¿Cómo y por qué surgió en América latina esta propuesta llamada Socialismo del Siglo XXI? ¿Qué se plantea?, a ¿qué hace referencia?, ¿por qué tuvo, y en muchos casos o países sigue teniendo una gran aceptación entre ciudadanos y electores? ¿Contra quienes o contra qué se confronta? ¿Por qué como corriente política es ya una referencia en la historia de nuestras naciones? ¿Cuáles han sido y son sus alcances? Y cuáles son hoy los retos pendientes para los próximos años?

I/ Antecedentes previos a la llegada de los procesos de transformación en América Latina

Para poder explicar cómo surge el llamado proyecto político del socialismo del siglo XXI, es importante volver a peinar la historia a contrapelo, como nos sugería Walter Benjamín, para reubicarnos en lo que fue esa América Latina de los años 80 y 90.

Nuestro continente latinoamericano tiene muchos factores en común, muchos elementos culturales compartidos, una relación dependiente con el mundo desde su inserción colonizada en los mercados globales, no obstante, no se trata de un continente idéntico o simétrico.

El objetivo del trabajo que presentamos a continuación, es poner la mirada sobre aquellos países que han transitado esta última década por una senda completamente diferente a aquella trazada por el neoliberalismo entre los años 80 y 90, décadas en la que este modelo económico y cultural se aplicó prácticamente en toda la región.

Si volvemos la mirada al pasado, recordaremos que los años 80 y 90 fueron tiempos del entusiasmo neoliberal, -que tanto cautivo a personajes como Reagan, Thacher o Pinochet), tiempos cargados de proclamas propias del mundo de los negocios, del individualismo, tiempos de la supuesta “competencia perfecta”, de las soluciones para la sociedad a partir del “juego libre” del mercado, tiempo de la llamada seguridad jurídica que no obstruye a los empresarios, tiempos en donde se apostaba a la riqueza a partir de la precariedad del trabajo, o de esos eufemismos llamados flexibilidad laboral o  terciarización (Serrano, 2015).

A pesar de que la teoría económica dominante, la neoclásica, puso todo su empeño en la esfera de lo mercantil, en lo cuantitativo, así como en la pretendida “neutralidad” de la tecnocracia, nuestros países con el neoliberalismo van a vivir uno de los momentos más desastrosos de su historia, tanto en lo económico como en lo político y social.

Desde Washington, desde donde se movían los hilos de este modelo, llegaban un sinnúmero de recetas conocidas como ajuste estructural (muy similar a lo que está viviendo Europa en estos días, azotada por las políticas de su “partenaire” Alemania), medidas que estaban orientadas a alcanzar (Serrano, 2015):

1) Una mayor disciplina fiscal, con restricción directa en la inversión pública, una reforma tributaria para el adelgazamiento y debilitamiento del Estado, en beneficio de las grandes fortunas;

2) Una gestión privada de los medios de producción;

3) Defensa del derecho de la propiedad privada por sobre los derechos sociales, colectivos y públicos;

4) Liberalización de la tasa de interés y desregulación de mercados financieros;

5) Y una inserción en el comercio mundial a partir de una apertura sin condiciones.

Todas estas medidas limitaron rotundamente el rol del Estado como regulador de la economía, dejándolo prácticamente como un mero promotor de las políticas funcionales al sector empresarial. La soberanía de nuestros países quedó reducida en favor de los intereses extranjeros, reproduciéndose de esta manera una cultura de inserción subordinada y desigual en el mundo (Serrano, 2015).

El modelo primario exportador fue fortalecido en los llamados países de la periferia, los índices de des-industrialización llegaron a su máximo nivel, logrando lastimosamente que cualquier futuro intento de industrialización pase a ser casi imposible. La demanda interna pasó a ser satisfecha por una intensa política de importaciones, lo cual repercutió en un acrecentamiento de la dependencia a las empresas transnacionales, que pasaron rápidamente a convertirse en el proveedor principal de nuestra producción interna (Carvajal, 2011).

El caso ecuatoriano:

Todas estas medidas generaron una fuerte fragmentación social (en Ecuador cerca de 2 millones de ecuatorianos tuvieron que abandonar el país), una crisis económica generalizada en todos los países (en Ecuador se produjo la quiebra de 14 bancos privados), un incremento acelerado de la pobreza, acompañado de una fuerte exclusión social, desigualdad y desempleo, lo que derivó en una debacle de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población.

En el caso ecuatoriano tenemos entre uno de los hechos más dramáticos de los años 80, la famosa crisis de la “sucretización de la deuda externa”, con la cual el Banco Central en el gobierno de Hurtado (1981-1984) estatizó, es decir, hizo pública o de todos los ecuatorianos la deuda de los empresarios privados (Ochoa, 2011).

Los   años   noventa  en Ecuador estuvieron marcados por  las políticas de liberalización comercial y desregulación del mercado financiero. Con la  llegada  al  gobierno  de  Sixto  Duran  (1992-1996)  se  van  a  promover  políticas  como:  la  Ley  de  Instituciones  Financieras  (1994),  la  cual  permitió  liberar completamente  el  mercado  financiero  priorizando  el  flujo  de  capitales  extranjeros;  la  Ley  de  “Modernización”  del  Estado, Privatizaciones y  Prestación  de  Servicios  (1993), que debía privatizar  las  empresas  públicas  consideradas  poco  eficientes, la  Ley  de  Hidrocarburos  (1993),  cuyo  fin  era  incentivar  la  inversión  extranjera en  los  recursos  considerados  estratégicos (Ochoa, 2011).

Este período en el Ecuador se  cerró con  un  significativo  empobrecimiento  de  la  población. La proporción  de  la  población  que  pertenecía  a  hogares  cuyo  consumo  era  inferior  al  valor  de  la   canasta  básica  de  bienes  y  servicios  aumentó  del  34% en 1995 al 56% en 1998. En el mismo  período, la incidencia de la extrema pobreza de consumo subió del 12% al 20% en todo el país. La sociedad sufrió de esta manera, los efectos de un fuerte incremento de los niveles  de  pobreza (Carvajal, 2011).

Todas   estas   medidas económicas terminaron  por  minar  la  credibilidad en la  política  y  en sus  instituciones. En Ecuador la grave crisis nacional afectó directamente a  las  formas  de  representación  política  tradicional  (crisis  de  los  partidos, surge la llamada partidocracia), lo  cual  repercutió  directamente  en  una  constante  inestabilidad  democrática, inestabilidad que va a  dar paso  a  la  conformación  de  nuevos  movimientos  sociales (como  es  el  caso  de  AP),   encargados  de  canalizar  las  aspiraciones  de  los  sectores sociales más afectados de nuestra sociedad.

Este escenario generalizado de malestar y crisis tanto en lo político como en lo económico, generó un contexto de fuerte efervescencia y movilización popular impulsada  por  la  falta  de  horizontes de vida en las  grandes mayorías de la población. En varios países de América Latina comenzaron a emerger proyectos de corte alternativo al paradigma neoliberal, lo que posteriormente permitió a gran parte de la región transitar hacia otro modelo de hacer la política, que vino de la mano de los presidentes: Hugo Chávez en Venezuela; Evo  Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, gobernantes que van asumir el poder apoyados en un histórico respaldo popular (Serrano, 2015).

Estos tres presidentes van proponer un pacto social para una democracia más real (ya no puramente formal), en el que las mayorías puedan participar y ser incluidas, dando cauce al surgimiento de nuevas Constituciones refrendadas ampliamente por el pueblo, con las que se plantearon hacer viable el proyecto de refundación de sus países. Estas nuevas constituciones van a ser las encargadas de trazar el camino o la ruta hacia ese llamado Socialismo del siglo XXI.

En el caso de los otros países de la región como son: Brasil, Argentina, Uruguay, y Paraguay, estos también se sumaron a esta fórmula, pero en una versión mucho más moderada, sin salirse o sin confrontar directamente con la estructura heredada, procurando desde su apretado margen de maniobra, generar el mayor número de transformaciones posibles dentro de su viejo marco constitucional.

II/ Llegada de los procesos progresistas a la región, y rol del Estado en los proyectos socialistas del S.XXI.

Uno de los principales objetivos de estos gobiernos y de sus constituciones, va a ser el de desendeudar socialmente a gran parte de su población, esto quiere decir, trabajar en la búsqueda de una ampliación de los derechos sociales, poner fin a las décadas de redistribución regresiva del ingreso, así como a la dilapidación de los recursos nacionales, y el profundo endeudamiento social que dejó a la deriva a la gran mayoría de la población (Serrano, 2015).

El proyecto de socialismo del siglo XXI, como nos recuerda Alfredo Serrano (2015) surge en gran medida, a partir de la necesidad imperativa de recuperar el rol del Estado, revalorizando su potencial como organizador de la vida política, sacándolo del relego al que lo sometió el neoliberalismo al presentarlo como ineficiente, incapaz y burocrático.

Sin embargo ya en la práctica, transformar el Estado después de haber alcanzado el poder, constituyó un ejercicio altamente complejo, sobre todo si consideramos que no sólo había que hacer al Estado más eficiente, sino que al mismo tiempo y sobre la marcha, se debían transformar las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de las personas.

La reconstrucción de un nuevo Estado implicó a su vez, el empoderamiento de amplias capas sociales antes marginadas. El primer gran hito de este proceso a nivel regional, fue la incorporación de los sectores subalternos a la vida política; los altos niveles de aprobación y apoyo popular que se traduce en inmensos caudales de votos, se explica en parte, porque se trata de fuerzas políticas que emergieron desde los márgenes de la institucionalidad partidaria tradicional, de sectores que emergieron al calor de las luchas sociales y en contra del empobrecimiento y la exclusión neoliberal (Ramírez, Franklin; 2011).

Entrado el siglo XXI, movimientos y organizaciones sociales de diversas identidades y estructuras organizativas se fueron articulando a ese novedoso tejido social y político. La re-incorporación de los sectores populares a la vida activa tanto política como económica generó no sólo una mayor inclusión social en términos económicos, sino también, una movilidad social positiva.

Pasada una década de gobiernos progresistas en la región, se puede apreciar que prácticamente todos los indicadores sociales y económicos muestran resultados favorables en términos de la redistribución del ingreso, reducción de la pobreza y las desigualdades, lo cual impactó favorablemente en los sectores populares. No obstante, este impacto no ha favorecido únicamente a los sectores populares, la movilidad social ha producido a su vez, una importante ampliación de los sectores medios que vieron multiplicadas sus opciones de ascender socialmente (Serrano, 2015).

Hablamos entonces, como sostiene Serrano (2015), de una década ganada en la región, de considerable crecimiento económico acompañado de una importante creación de empleo, reducción de la pobreza y la indigencia, con políticas sociales orientadas a los sectores más marginados, lo cual repercutió directamente en una marcada reducción de la desigualdad, que fue posible únicamente gracias al impulso de proyectos políticos fuertemente respaldados por la mayoría de la población.

III/ El mito de la revolución:

Ahora bien, como sostiene Bolívar Echeverría (2011), los procesos de transformación de la sociedad o las llamadas revoluciones, como son en este caso los ejemplos que hemos citado, no pueden y no deben ser comprendidas como un “mito”, como esa narración que nos habla de una supuesta conquista del paraíso, o entrada definitiva en la época de la felicidad, momento de eliminación de todas las contradicciones, o momento de la reconciliación total entre los seres humanos, momento en el que ya no existiría ningún sufrimiento, ni preocupación y donde ahora todo sería un puro disfrute.

Las revoluciones, nos dice Echeverría, deben ser comprendidas por fuera de este mito o ingenuidad, las transformaciones radicales son procesos complejos, que están apegados a las contradicciones de la realidad, no pueden desprenderse de ella, son intentos decididos a modificar las relaciones de convivencia, priorizando la emancipación de las relaciones sociales, así como el fomento y expansión de otro tipo de lógicas, más comunitarias, más públicas, como parte fundamente del nivel estructurante de la vida social en su conjunto.

Ser  de  izquierda,  nos dice Echeverría (2000), vendría a ser entonces, la afirmación de un programa político que se plantea la construcción de una  modernidad  alternativa, como promesa  de  abundancia  y emancipación para todos. En línea con muchas de las políticas públicas llevadas a cabo en la última década en la región, esto quiere decir, apostar  por la  construcción  de  sociedades incluyentes,  en donde ya no se reproduzcan las comunidades excluidas (del conocimiento, de la vivienda, de la salud, de las jubilaciones, etc.) o los hacinamientos en guetos.

Es  por  ello  que  los  movimientos  sociales, movimientos que hablan de  respeto, de reconocimiento, de libertad, de democracia, nos dice este pensador latinoamericano, sumaron y contribuyeron -a través de sus luchas y reivindicaciones en el tiempo-, en la elaboración y configuración de las agendas políticas y sociales de las Constituciones de los procesos políticos que llegaron al poder a inicios del siglo XXI.

Desde esta perspectiva, como señala García Linera (2016), uno de los principales aportes del  sociólogo  marxista  greco-francés Nicos Poulantzas, va ser repensar la importancia del Estado como un espacio o campo de condensación o procesamiento de las relaciones de fuerzas entre las diferentes clases al interior de la sociedad.

Retomar el Estado en países como Bolivia, Ecuador o Venezuela, hizo posible que los sectores olvidados pasen a constituir los nuevos poderes públicos, y que a partir de sus acciones, puedan recuperar la posibilidad de trazarse un porvenir distinto, transformando sus condiciones de existencia.

El acceso al poder y a la reconfiguración de las constituciones de la mano del pueblo, hizo posible materializar sus demandas en acuerdos, leyes, presupuestos, inversiones, reglamentos que se vuelven materia de Estado. Es por ello que resulta trascendental disputar el acceso al Estado: porque desde allí los gobiernos pueden seguir apuntalando el socialismo del siglo XXI, abriendo paso para que la sociedad pueda decidir e intervenir en los asuntos que le competen, en la definición de lo público, lo común, lo colectivo, lo universal y lo privado (García Linera, 2016).

Si pensamos desde la izquierda, desde y para la sociedad, el Estado recupera su sentido, solamente si es capaz de producir en función de las luchas sociales, en función de la recuperación de los recursos pertenecientes a toda la sociedad, como son: la educación, la salud, la protección social.  Por todo esto es fundamental dar la disputa por el control del Estado (García Linera, 2016).

IV/ Estado y hegemonía

Retomando a Gramsci, podemos decir que la construcción social del llamado Estado, es al mismo tiempo un proceso de formación de hegemonía, puesto que tiene que ver con la capacidad que tenga el bloque histórico dominante en el poder, de articular y sumar en su proyecto de sociedad, a los otros sectores y clases que no comparten ese proyecto o que representan su antítesis.

Cambiar el mundo sin tomar el poder”, es pensar que el poder es una propiedad y no una relación social, es pensar que el poder es una cosa externa a lo social y no un vínculo que nos atraviesa a todos. Si el Estado capitalista moderno, es a su vez una relación que atraviesa a toda la sociedad, entonces el socialismo, comprendido como transformación estructural de las relaciones de fuerzas, necesariamente tiene que atravesar al propio Estado.

Retomando a García Linera en esta lectura sobre el socialismo del Siglo XXI, podemos decir entonces, que las luchas  populares desplegaron su intensidad al interior del Estado, modificando las relaciones de fuerza; transformando la materialidad de su legislación, alterando la manera de administrar los bienes comunes y modificando los esquemas morales y lógicos con los que las personas organizan su presencia en el mundo.

Hablamos entonces de una década en que las fuerzas populares que asumen el control del poder del Estado, sectores trabajadores, campesinos, indígenas, mujeres, las llamadas clases subalternas, se tornan diputados, asambleístas, asumen con responsabilidad la gestión de la función pública, se movilizan, hacen retroceder la políticas neoliberales, modifican las políticas públicas.

En sentido contrario al mainstreem neoliberal, y a todas las políticas de ajuste y demás recetas de los gurús neoliberales, América Latina en esta última década ganada, logró limitar las desigualdades sociales como no se había visto antes en la historia contemporánea de nuestras repúblicas.

Estamos hablando de gobiernos nacional-populares que permitieron al Estado llevar adelante procesos de nacionalización de empresas privadas, de creación de empresas públicas, de una mayor participación del Estado en la economía, con la cual ha sido posible generar reformas post-neoliberales que permitieron recuperar el mercado interno, así como la capacidad del Estado como distribuidor de la riqueza.

De igual manera, como sostiene Serrano (2015), gracias al compromiso de estos mandatarios en materia de política exterior, se recuperó el espíritu integracionista de la Patria Grande, se pudo constituir la CELAC, la UNASUR, el ALBA en pos de una integración propia de latinoamericanos, sin Estados Unidos, sin la necesidad de tutelajes, sin la necesidad de patrones. Tenemos que tener claro como latinoamericanos, que la integración política del Continente no es poca cosa. Hemos vivido prácticamente el momento más importante en materia de integración, de soberanía, de independencia que ha tenido nuestra región.

V/ Retos, desafíos y amenazas a los procesos políticos de transformación en la región.

Si bien la llegada de estos gobiernos llamados del socialismo del siglo XXI trajo consigo grandes avances a la región en materia de reducción de pobreza, de las desigualdades, así como de una mayor inclusión social, no obstante, su proceso de construcción como proyecto socialista, mantiene aún algunos importantes campos pendientes:

Como señala René Ramírez (2016), estos procesos políticos a pesar de haber conseguido reducir la pobreza, no han logrado llevar a cabo el cambio en la transformación de las estructuras del poder real, que tiene que ver con los procesos productivos y de propiedad. En la praxis, nuestra región ha vivido (casi en su mayoría), un proceso de profundización de su estructura productiva primaria exportadora y de gran dependencia importadora. Nuestros países siguen generando muy poco valor agregado.

Otra deuda pendiente, es la que tiene que ver con el cambio cultural, o como diría Gramsci, con la revolución intelectual y moral. Si bien estos gobiernos han reducido la pobreza y ampliado las franjas de la clase media, mejorando la calidad de vida de la gente, no obstante, esto ha llevado a constituir sociedades de consumidores, y no sociedades de ciudadanos.

En nuestros países seguimos pensando que el progreso se ejerce a través del consumo, olvidando que la ciudadanía es el lazo, compromiso o responsabilidad que mantiene cada individuo con su comunidad o sociedad. En lugar de crearse sociedades solidarias, cooperativas, complementarias, en donde los ciudadanos se preocupan unos por otros, seguimos reproduciendo un modelo de sociedades de competencia, de individualismo y de egoísmo exacerbado (Ramírez, René, 2016).

Como procesos que buscan alcanzar el socialismo, queda la gran tarea pendiente de trastocar los valores culturales de nuestra sociedad, para construir ciudadanías solidarias, con las cuales sea posible seguir disputando la construcción de otro orden social.

En el campo de la comunicación, los medios de oposición que son la mayoría y que además cuentan con los mayores raitings, han promovido sistemáticamente campanas de terrorismo y de pesimismo económico y político, con el fin de bajar la autoconfianza de las personas en el devenir de estos países. Frente a ello, nuestros gobiernos deben tener la capacidad de dar la disputa de sentidos a través de la construcción de otras alternativas culturales, otras propuestas que requieren ser igualmente persuasivas, pedagógicas y pro sociedad, pro común.

Como proyectos socialistas, señala Ramírez (2016), para lograr una mayor sostenibilidad en este siglo que comienza, no podemos olvidar que el corazón del cambio no depende únicamente del Estado, sino de la sociedad en su conjunto. Es decir, Estado con Sociedad, esto implica contar a toda hora con la ciudadanía como parte protagónica del cambio. Queda pendiente a estos procesos trabajar entonces en el fortalecimiento de la participación social, ésta debe ser mucho más activa, más ciudadana, y su involucramiento y empoderamiento debe contribuir a fortalecer aún más el accionar público de las instituciones.

Hoy en día, todos los cañones de la oposición apuntan hacia lo que podemos considerar como la década ganada de América Latina. El trabajo a la oposición  se les está haciendo relativamente fácil, porque nuestro proceso de irradiación y de expansión de propuestas se ha estancado.

Desde esa perspectiva, como sostiene García Linera, es imprescindible restablecer y recuperar la confianza de los sectores populares, obreros y campesinos a partir de la gestión económica, del desarrollo de la producción, de la distribución de la riqueza, del despliegue de iniciativas autónomas de campesinos, de obreros, de pequeños empresarios. Si no somos capaces de satisfacer las necesidades mínimas indispensables, si no hay empoderamiento del sector social, no hay discurso que se sostenga. Estos elementos son claves para poder transitar del post-neoliberalismo al socialismo.

No podemos olvidar, que todos estos gobiernos representan a las grandes mayorías, por ello no puede haber ningún tipo de política económica que deje de lado lo popular. Solo podremos neutralizar la llegada del neoliberalismo, cuando la oposición vea que lo popular esta fuerte y movilizado. Tenemos que tener claro (visto sobre todo la experiencia del bloque socialista del siglo XX), que el Estado no puede sustituir a los trabajadores. Podrá colaborar, podrá mejorar su situación, pero tarde o temprano tiene que ir creando mayores capacidades económicas, capacidades asociativas, capacidades productivas (García Linera, 2016).

Otra debilidad y quizás una de las más importantes y delicadas, es la tiene que ver con el grave problema que están presentando los gobiernos progresistas y revolucionarios en lo relacionado a su reforma ética y moral. Resulta imperativo que, así como damos ejemplo en los procesos de reconstrucción de nuestras republicas, no perdamos de vista que los recursos públicos, los bienes púbicos, como bienes de todos los ciudadanos, deben ser tratados con absoluto respeto, rigor y responsabilidad, tanto de cara al presente, como de cara al futuro, pensando sobretodo en una construcción intergeneracional sostenible en el tiempo.

Si no aplicamos correctivos rigurosos e inmediatos en esta materia, tendremos mucha dificultad para dar continuidad a los procesos de transformación tan necesarios en nuestra región.

 

Bibliografía:

Echeverría, Bolívar (2011): “El materialismo en Marx”. Edi. Itaca. México.

Carvajal, Fernando (2011): “Ecuador: La evolución de su economía 1950-2008”. En Estado del País, Informe cero, Ecuador 1950-2010.Edi. Otto Zambrano Mendoza. Quito.

García Linera, Álvaro (2016): “Disertación en Sociales”. Nota tomada en agosto 2016 en: http://www.elloropolitico.com/lectures/88/disertacion-de-alvaro-garcia-linera-en-sociales/show

García Linera, Álvaro (2015): “El Estado y la vía democrática al socialismo”. Edi. Revista Nueva Sociedad. Argentina.

Ochoa, Nancy (2011): “Nueva Izquierda en Ecuador” Edi. IDEAZ. Quito.

Ramírez  Gallegos,  Franklin.  (2011): “Fragmentación,  reflujo  y  desconcierto. Movimientos sociales y cambio político en el Ecuador (2000-2010). En: Julián Rebon y Massimo Modonesi. (Eds.).Una década en movimiento: luchas populares en América Latina en el amanecer del siglo XXI. Clacso. Buenos Aires

Ramírez, René (2016): “Vienen con sed de venganza luego de 10 años” (I y II partes)”. Entrevista tomada en agosto 2016 de:  http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/politica/2/vienen-con-sed-de-venganza-luego-de-10-anos

Serrano, Alfredo (2015): “América Latina en disputa”. Edi. IAEN. Ecuador.

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