DERECHO A LA CIUDAD, como rescate de los valores de uso de los bienes comunes

Julio PEÑA Y LILLO E.

Esta breve ponencia pretende ser un estímulo para el pensamiento y para la acción; quiere ser una invitación a los habitantes de las urbes del siglo XXI, y en especial a los habitantes de Quito, para que reflexionen y colaboren, cada uno en la esfera de su competencia y de su acción, en la solución de los problemas que conciernen a la ciudad, y para que tengan presente que la reconstrucción de lo común, es fruto de un trabajo mancomunado, y de un ejercicio de educación recíproca.

¿Qué entendemos nosotros por pensar la ciudad hoy, en pleno siglo XXI, en medio de esta corriente en muchos casos devastadora que se llama “progreso”?

La americanización de la modernidad (Echeverría, 2008) y el establecimiento del pensamiento individualista neoliberal, como pensamiento único, condujo a que muchos de los valores de uso relacionados con los bienes comunes, como son: plazas, espacios públicos, transporte, áreas verdes, áreas de encuentro y contemplación, sean constantemente sacrificados a favor de la privatización, en donde los grandes beneficiarios de una cultura de lo privado, como sabemos, son siempre una pequeña minoría.

La vida cotidiana de la ciudad, como nos recuerda David Harvey (2014), sus formas diversas de expresión, de relacionarse, de socializar, se ven una y otra vez asechadas por las demoliciones, los desplazamientos y las construcciones privadas, que fungen como motor de la economía.

El llamado desarrollo, termina por engullir a las ciudades, y hace emerger nuevas formas urbanas, que remodelan los entornos y contornos en los que vive la gente, la cual a su vez, se ve obligada a remodelarse también, para poder sobrevivir en estos espacios que brotan, cada vez más pequeños, más hacinados, más distanciados unos de otros, a pesar de que en muchos casos, se pueda vivir en un mismo barrio o en un mismo edificio (Harvey, 2014). Los espacios de encuentro y sociabilidad como valor de uso, si no poseen fines de lucro, no son rentables.

Y es que la esencia misma de la economía capitalista, como ya lo señaló claramente en su momento, Carlos Marx, se asienta en la desposesión del trabajo, del ocio, de la naturaleza, así como de los espacios urbanos y los servicios públicos. En este escenario de despojos, el Estado o los gobiernos locales juegan un papel fundamental, ya que son ellos los que agencian la apertura de espacios destinados únicamente a la multiplicación del capital, por sobre la realización de los seres humanos.

Los empresarios dominan las ciudades, y con ello dominan y modelan también los usos y costumbres de la sociedad, sus esferas culturales, y los campos de la vida cotidiana y el esparcimiento. El resultado de estos procesos de construcción de ciudad y sociedad, es el de hacer pasar a la mercantilización de un sin número de bienes y servicios, de todo cuanto nos rodea, como algo natural y propio del “progreso” (Echeverría, 2013).

La supresión o despojo de los espacios públicos, de las áreas verdes, de un transporte público de calidad, se ha convertido bajo la lógica neoliberal, imperante aún en muchas de nuestras ciudades, en un modelo de gestión que se enfoca más en el beneficio del individuo, que en el de la sociedad en su conjunto.

Los compromisos prevalecientes con la reproducción del poder de los sectores económicamente dominantes, nos deja entrever una clara incapacidad, desde la política que configura la ciudad, de aprovechar los posibles beneficios de los valores de uso de los bienes comunes.

La configuración arquitectónica y física de la urbe, así como de la vida ciudadana, queda de esta manera modelada en función de la voluntad de los flujos de capital, caracterizados por ser muy poco incluyentes y muy poco preocupados por el bien común.

Esta tragedia de los comunes que viven las ciudades del siglo XXI, nos deja ver, como sostiene René Ramírez (2014), que las estrategias individualmente racionales, conducen en la mayoría de los casos, a resultados colectivamente irracionales.

La tragedia de los comunes puede ser subvertida, o convertirse en virtud, cuando comprendemos como sociedad, que una ciudad no puede y no debe ser intervenida de manera aislada, intermediada únicamente desde los apetitos individuales basados en los fines de lucro (Ramírez, 2014).

Cuando comprendemos, que es fundamental, involucrar en toda construcción a los participantes o implicados, teniendo en cuenta que el Estado, el mercado, o la sociedad, no son actores aislados o antagónicos, sino que es necesario trabajar articuladamente para poder rescatar o regenerar a los bienes comunes (Ramírez, 2014).

Recuperar la dimensión colectiva de la ciudad, es comprender que el ciudadano o el “otro”, aquel que nos es ajeno, no necesariamente es un competidor, o enemigo, sino que también puede ser mi amigo, o un vecino, o un colega (Ramírez, 2014). Esto implica, generar diseños institucionales de proximidad, o comportamientos cooperativos, con el fin de poder re-apropiarnos de esos bienes comunes tan necesarios para poder convivir humanamente en la ciudad.

Lo que es de todos, no puede seguir siendo percibido como que es de nadie, debemos defenderlo como algo que es nuestro (Ramírez, 2014). La construcción de las ciudades del siglo XXI y el mejoramiento de sus respectivos servicios públicos, es un asunto que nos compete a todos, ello demanda de nosotros una mayor activación y participación como sujetos políticos, a la hora de encarar los procesos de toma de decisiones y de definir el modelo de ciudad en el que queremos habitar.

Cuando hablamos de ciudades que forman parte de este nuevo paradigma del Socialismo del Buen Vivir, esto quiere decir, priorizar la recuperación de los valores de uso: seguridad, limpieza, conectividad, espacios públicos de calidad, áreas verdes, con un enfoque ambientalmente responsable, modelado en función de las necesidades de los ciudadanos, por sobre los intereses del capital.

Uno de los errores que más se repiten a la hora de concebir y construir las ciudades contemporáneas se da, cuando los empresarios no consideran los flujos de paso de los transeúntes, los posibles lugares de descanso o de encuentro, las posibles áreas verdes para la respiración de la ciudad y sus habitantes, o los espacios públicos para promover la sociabilidad, los encuentros entre amigos y vecinos, espacio abiertos incluso para el fomento de las artes o la contemplación al interior de la ciudad (Harvey, 2014).

Todas estas dimensiones terminan la mayoría del tiempo, sacrificadas en función de la construcción de edificaciones completamente aisladas y aislantes. La falta de implicación ciudadana en los problemas de la ciudad, hace que éstas se conviertan en selvas de cemento, completamente hostiles a sus habitantes.

Es fundamental desde una perspectiva de construcción de ciudades del Buen Vivir y de la recuperación de los bienes comunes, tomar partido por el derecho a la ciudad que queremos, estas son las reivindicaciones que debemos politizar sobre todo ahora, que tenemos una nueva alcaldía en la ciudad, esto es los que debemos exigir, como ciudadanos que la habitamos cotidianamente.

Las conquistas comunes son una ganancia social, puesto que los beneficios se distribuyen entre todos. De tras de la recuperación de los bienes comunes, como sostiene Ramírez (2014), esta un nuevo proyecto de sociedad y la respuesta al interrogante, sobre el tipo de sociedad y de ciudad que queremos construir.

Como ciudadanos comprometidos con la ciudad, debemos permanecer constantemente movilizados, y exigir a nuestras autoridades que se dé prioridad a la satisfacción de nuestras necesidades humanas y sociales. Como nos recuerda a Armando Silva (2014), lo público debe ser recuperado, así como todas aquellas dimensiones donde se expresa el valor comunitario, en el uso de la ciudad.

El arte, para Armando Silva (2014), juega un rol preponderante, ya que puede servir como inspiración de varios movimientos de resistencia, dada su misma naturaleza de disenso, lo que implica al mismo tiempo, poder ocupar y reapropiarse de los espacios públicos, como son los parques, las plazas, y las calles.

No podemos olvidar que la estética vehicula el carácter creativo, sensible, emocional de los individuos, es parte de su autonomía como sujetos individuales y como colectivos. El espacio público y los bienes comunes en una ciudad, son entonces, un lugar de conquista permanente frente al despojo causado por los intereses capitalistas (Silva, 2014).

Es imprescindible recuperar los espacios de encuentro y de arte, donde podemos aprender a convivir de otra manera con los demás, donde podemos aprender a mostrarnos públicamente (Silva, 2014). El socialismo como sostiene Gramsci (2005), o en nuestro caso, una ciudad del Buen Vivir, debe desarrollar o evolucionar hacia momentos sociales cada vez más ricos en valores y en espacios colectivos.

El espacio público, es un lugar donde se manifiesta la diversidad de identidades urbanas, no sólo desde la arquitectura, sino también desde las diversas formas de expresión cultural. Construir una ciudad más convivial y habitable implica al mismo tiempo, ser capaces de re-insertar el arte dentro de la vida cotidiana de la ciudad, tornándolo accesible, tomando a la cultura como viva expresión de lo urbano, más allá de la pura y dura infraestructura física.

Democratizar la ciudad quiere decir, sacar al arte de los lugares tradicionales de exposición, como son las salas de conciertos, las galerías, los museos, o centros de exposición, quiere decir, tornarlos accesibles, permitiendo de este modo que la comunidad pueda apropiarse de las diversas posibilidades de experiencia estética.

La historia de los seres humanos ha sido siempre una historia de lucha y trabajo por suscitar instituciones sociales que garanticen un máximo de bienestar (Gramsci, 2015), desde esta perspectiva, la recuperación de los espacios públicos en el siglo XXI requiere imperativamente, de una ciudadanía movilizada, activa, y participante, que reivindique su derecho a la ciudad, y que contribuya a forjar su destino como colectivo inmerso en una dinámica que podría llamarse, como sostiene Armando Silva (2014), un urbanismo ciudadano de convivencia más humana.

Bibliografía:

·         Echeverría, Bolívar (2013): “Modelos elementales de la oposición campo-ciudad”. Edi. Ítaca. México.

·         Echeverría Bolívar (2008): “La americanización de la modernidad”, Edi. Era. México.

·         Gramsci, Antoni (2005): “Antonio Gramsci antología”. Siglo XXI. México.

·         Harvey, David (2014): “Diecisiete Contradicciones y el fin del capitalismo”. Edi. IAEN. Ecuador.

·         Ramírez, René (2014): “La tragedia de los comunes”. Edi. Abya Ayala. Ecuador.

·         Silva, Armando (2014): “Imaginarios, el asombro social”. Edi. Intiyan-CIESPAL. Quito.