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¿Ecuador 2017, “déjà vu” de Argentina 2015?

Por: Analía Minteguiaga

Cuando uno observa estas imágenes puede encontrar paralelismos de dos escenarios político-sociales que revelan hasta qué punto los procesos de democratización que encarnaron los gobiernos de izquierda en nuestra región latinoamericana, han implicado una contienda entre sectores sociales caracterizados por sus distancias socio-económicas.

En sociedades como las nuestras, donde las inequidades se han mantenido a lo largo de los años, llegando a “naturalizarse”, es entendible que procesos políticos de incorporación e inclusión de sectores históricamente excluidos al mundo de los derechos (sociales, económicos, culturales, pero también, civiles y políticos) generen una serie de re-acciones y hasta sentimientos de rechazo, en aquellos que hasta hace poco pensaban que su “lugar” en la sociedad, que su posición y que sus privilegios son “legítimos” y “bien merecidos”.

Resulta extremadamente difícil en un contexto global neoliberal como el que habitamos hoy, que estos grupos ampliamente favorecidos, cuestionen su posición de dominio y de poder así porque sí. Por esta razón, es fundamental en sociedades desiguales, generar una dinámica de cambio que transforme nuestra cultura, y nos permita tomar consciencia de los evidentes mecanismos que generan y reproducen las desigualdades, con las injusticias sociales que eso conlleva. Sin esa alteración en la cultura, no hay forma de evitar dichas re-acciones y resentimientos.

De lo contrario, como sucede hoy en día, los sectores más acomodados van a vivir nuestras experiencias democráticas como un asalto “ilegítimo” de los pobres, que les lleva inmediatamente a reactivar todos los prejuicios, estereotipos y convencionalismos histórico-coloniales que están asentados en un lugar muy primitivo, pero a la vez tremendamente potente, como es el llamado: sentido común.

Cuando las desigualdades se vuelven parte de la “normalidad”, se construyen justificaciones (razones) en el plano del sentido común que permiten vivir el privilegio de una manera no culpable (sin responsabilidad), lo que permite a su vez, soportar la exclusión de grandes sectores de la población desde una supuesta lógica de circunstancialidad, como es: el azar o la casualidad.

Con estas justificaciones, se activa y opera también un profundo individualismo que rompe cualquier vínculo o conexión con el “otro”, ya sea: con su vivencia, con su sufrimiento, con su malestar, o con la vida misma de ese “otro”.  Las condiciones de vida entre estos dos sectores de la sociedad, o entre estas distintas clases sociales -con sus enormes distancias-, pasan de esta forma a no tener ninguna relación entre sí.

Esto nos explica por qué cuando está en juego la continuidad de experiencias políticas de fuerte contenido popular, y en este sentido, de importante ingreso de los sectores excluidos a participar de los beneficios que genera una sociedad, se puede observar a las clases acomodadas, ya no sólo interesadas llamativamente por la política, sino en muchas ocasiones, militando de manera violenta para defender su “estilos de vida”, su “herencia cultural” y su “distinción”.

Esto se manifiesta abiertamente tanto en la denigración, y falta de valor o reconocimiento a quienes consideran sus “enemigos”, como en la adopción de medidas extremas que llegan a la proscripción o aniquilación política del opositor, a través de la utilización desmedida de la manipulación mediática.

En este sentido, tradicionalmente las jornadas electorales en Ecuador no habían sido fuente de mayor estrés, o de insomnio, o de preocupación para estos sectores, porque siempre tuvieron la seguridad de que los que llegaban al poder no iban alterar mayormente el estado de cosas (o el statu quo) que perpetuaba sus privilegios.

Sin embargo, con la llegada y victorias de la Revolución Ciudadana, esta realidad cambió en Ecuador, y ahora, tras una década de redistribución de la renta y de la riqueza, los sectores históricamente privilegiados de la sociedad se han vuelto activos partícipes y defensores de los actores políticos que presuponen la recuperación de su versión de “régimen democrático”, esto es, un posible gobierno capaz de erradicar cualquier rasgo plebeyo o popular del Estado, para que no pueda volver esa “chusma” al poder.

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