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EL FUTURO ES NUESTRO

Jorge Polo Blanco

Doctor PhD en Filosofía

El próximo 2 de abril la República del Ecuador vivirá un momento crucial en su historia reciente. Hay muchísimo en juego. Y lo que para entonces suceda no sólo será trascendente para este pequeño y hermoso país; la batalla política ecuatoriana será decisiva para el futuro político de América Latina.

Todas las fuerzas políticas progresistas y emancipadoras de la región tendrán sus ojos puestos en el desenlace final de esta contienda. Porque lo que está en disputa es la posibilidad misma de seguir construyendo una “agenda post-neoliberal”; lo que está en candente litigio es la viabilidad de un proyecto político fundamentado en la inclusión social de las grandes mayorías, en la redistribución de la riqueza y en la soberanía popular.

El pasado no puede regresar al Ecuador; ese pasado en el que, directamente, no existía el Estado social; ese pasado en el que una pequeña minoría oligárquica lo controlaba absolutamente todo, sin pagar impuestos siquiera; ese pasado en el que los propietarios de los bancos eran también los dueños de los medios de comunicación; ese pasado en el que empresas trasnacionales venían aquí y saqueaban el petróleo sin apenas dejar renta en el país; ese pasado en el que amplísimas capas de la población vivían en la más abyecta e injusta de las miserias; ese pasado en el que los pobres no podían acceder a la Universidad; ese pasado en el que la dictadura financiera del Fondo Monetario Internacional asfixiaba y estrangulaba al Ecuador, con el arma criminal de su impagable y odiosa deuda; ese pasado en el que los malditos lacayos del FMI que “gobernaban” aquí estaban bien dispuestos a vender su propia patria a los acreedores internacionales; ese pasado del feriado bancario en el que millones de ecuatorianos y ecuatorianas perdieron todos sus ahorros depositados en sucres, provocando así un dramático éxodo hacia Europa que dejó a cientos de miles de familias desgarradas y arruinadas. Ese pasado que no debe volver al Ecuador está encarnado, digámoslo ya, en la siniestra figura de Guillermo Lasso.

El señor Lasso pretende implementar en Ecuador un programa abiertamente neoliberal. Y ya sabemos cuáles son sus recetas, sus habituales y consabidas “terapias de choque”: desregulación (“flexibilización”, les gusta decir a ellos) del mercado laboral, lo cual siempre se traduce en una pérdida de derechos para los trabajadores; retiro de ayudas sociales a los sectores populares más excluidos (“contención del gasto”, alegan); privatización y mercantilización de la Universidad; y, cómo no, bajada de impuestos para los sectores más privilegiados y enriquecidos.

Porque el proyecto político que representa Lasso sólo persigue eso: garantizar que una minoría muy minoritaria siga acumulando mucha riqueza, controlando todos los resortes del país. Porque a ellos no les importa un carajo cómo viva el 80% de la población; porque no tienen un proyecto patriótico de inclusión colectiva. Porque son, en definitiva, unos “vendepatrias”.

La única alternativa viable y deseable es la que representa Alianza País. Los logros de la Revolución Ciudadana son objetivamente incontestables. En los dos mandatos consecutivos de Rafael Correa la República del Ecuador ha progresado más que en los últimos 100 años, poniendo en marcha unas políticas públicas que lograron salir del paradigma neoliberal heredado y quebrar la ortodoxia económica impuesta por las élites locales e internacionales.

El axioma político fue el siguiente: los intereses del capital nunca deben estar por encima de los seres humanos; y el mercado puede ser un buen siervo, pero es un pésimo amo. Ha sido realmente una “década ganada”: mejores infraestructuras en todo el territorio, mejor sistema educativo (nunca antes se había invertido tanto en educación), más hospitales, más ayudas sociales a los sectores históricamente excluidos, recuperación soberana de recursos estratégicos, importantes avances de desarrollo industrial (empresas hidroeléctricas, por ejemplo), un sistema fiscal más progresivo y equitativo, reducción considerable de la pobreza (así lo consigan todos los organismos internacionales).

Desde luego que han existido insuficiencias y contradicciones; muchas cosas se podrían haber hecho mejor. Pero los avances sociales han sido numerosos y significativos. Y el proceso no debe detenerse ahora, debe continuar sí o sí. Ecuador necesita que este proyecto político siga avanzando, para construir un país más inclusivo y equitativo; una patria más justa para todos y todas, no sólo para una élite. Por todo ello, el 2 de abril se debe apostar por Lenín Moreno.

Yo, desde esta tribuna, brindo mi humilde apoyo moral e intelectual al proyecto de Alianza País. La Revolución Ciudadana no se detiene aquí; Lenín Moreno será el próximo Presidente de la República del Ecuador, para regocijo de todas las fuerzas progresistas de América Latina y Europa. El pasado no volverá; el futuro es nuestro.

Ecuador es y seguirá siendo un bastión de resistencia contra el neoliberalismo.  ¡El 2 de abril vamos a ganar!

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