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La fuerza bruta de la bestia rubiecita

Por: José Antonio Figueroa Pérez

La miserable bestia rubiecita, aquella que tiene los vellos púbicos color de zanahoria, que se sienta en una bacinilla del mismo color de su pelo, para depositar allí cositas del mismo color que las paredes de su casa abultadas de oro, acaba de lanzar su rubiecita garra hacia Latinoamérica.

La cosita de oro que sintetiza lo peor del imperio y que galvaniza sus estrías con su mueca de niño malcriado, ese video-personaje, monstrito caricaturesco que políticamente se ha entrenado entre su narcisismo y la televisión y que por eso ha gobernado a punta de twitters; ese que tiene cada día más problemas de gobernabilidad ha encontrado ya en América Latina una vía de escape y ha dado marcha atrás a todos los acuerdos que se estaban dando en Cuba y que permitían avizorar un futuro más humanista.

La bestia rubiecita se ha reunido con lo más granado de los gusanitos, esos que se quedaron en los fines del siglo XX y que se la pasan soñando con volver a las haciendas esclavistas de sus abuelos y que para realizar sus sueños no han tenido ningún empacho en usar todas las bombas posibles, han acordado apretar otra vez las tuercas a Cuba para pretender así dar cátedra de democracia a América Latina, cuando en realidad lo que quieren es legitimar un gobierno que hace agua por todos lados y lo único que le queda es la fuerza bruta. La fuerza bruta de la bestia rubiecita.

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