postverdad

La postverdad en tiempos electorales

Por: Emilio Fernando Uzcátegui

No resulta una novedad que las redes sociales tienden a jugar un papel importante en nuestra percepción de la realidad. La capacidad de generar y compartir contenidos propios a audiencias selectas es una gran oportunidad para democratizar la información; penosamente no siempre es utilizada de la mejor manera, menos aún en tiempos electorales.

A diferencia de los medios de comunicación tradicionales, las redes sociales plantean un vínculo personal entre el emisor y el receptor del mensaje como un nuevo elemento para nuestra capacidad de discernir la información. Este vínculo nos vuelve más crédulos y vulnerables al contenido, pues pone la relación emisor-receptor por sobre nuestra capacidad de análisis.

Esta interacción tan particular con la información que recibimos, ha abierto un espacio de manipulación que da lugar al avance de agendas políticas. Ya ocurrió en Estados Unidos, donde se hablada de “Alt-facts” o “fake news” en referencia a las afirmaciones no sustentadas de los candidatos presidenciales respecto de la situación de su país; estas afirmaciones apelaban a la emocionalidad del mensaje más que en la veracidad del contenido. En el Ecuador, el discurso de la postverdad ha logrado cimentarse en las redes sociales y posicionarse como parte de la narrativa política nacional. Este fenómeno ha derivado en que un segmento de la población (el de mayor acceso tecnológico) asuma las afirmaciones que se difunden en redes sociales como ciertas sin ser particularmente críticas con el contenido.

Las características tan particulares de estas elecciones y el mayor acceso a redes sociales, nos han llevado a la política de la postverdad. Para citar algunos ejemplos podemos mencionar “el excesivo endeudamiento del país con China”, afirmación respaldada, en el mejor de los casos, con gráficas que solo indican el aumento de la deuda en términos nominales (Ej: antes debíamos 10 a China ahora debemos 100) en lugar de en términos reales (la deuda en términos porcentuales en relación al PIB). Según datos del Banco mundial, al año 2015 (últimos datos disponibles del BM) la deuda externa acumulada del Ecuador era de 27,5%, es decir, 8 puntos menos que Perú y 11 menos que Colombia. Por otro lado, según datos del Ministerio de Finanzas, la deuda externa pública de Ecuador fue del 26.7% del PIB a inicios del 2017; con estas cifras no se puede hablar de una crisis de endeudamiento. Sin embargo, al transmitirse la información en un formato simplista y acompañada de una narrativa deliberadamente falsa y alarmista, logra genera un ambiente de preocupación. Estas son las conductas que nos lleva a la política de la postverdad. El reino de la emocionalidad por sobre los hechos, una auténtica expresión del verdadero populismo.

En el ámbito laboral también se ha incurrido en estas prácticas, posicionando la narrativa de “la falta de empleo” junto con su demagógica solución “un millón de empleos”.  De conformidad con las cifras presentadas por el INEC la tasa de desempleo en el Ecuador a diciembre del 2016 fue del 5.2%, es decir, casi dos puntos por debajo del promedio para Latinoamérica (+7%) proyectado por la CEPAL y la OIT. Hablar de una crisis de empleo no es real, pero acompañado de las narrativas correctas y difundidas por los medios adecuados logra calar a profundidad en el imaginario popular. ¿Pero, cuál es el riesgo del avance de esta forma de hacer política?

Más allá de la falta de sustento en estas afirmaciones, lo que buscan quienes vierten estas “versiones de la verdad” no es iniciar un debate sobre su veracidad, sino generar y posicionar la necesidad del cambio como un hecho movilizador para la acción política. Esta agenda es principalmente visible en la ciudad de Quito, en donde el acceso a redes sociales y la exposición a este tipo de mensajes han generado una escalada de violencia simbólica y directa.

Las redes sociales se han vuelto el nicho predilecto de algunos candidatos justamente por la emocionalidad que plantea el vínculo entre el transmisor del mensaje y su receptor. Entre ellos no hay espacio para la discusión, sino únicamente para allanarse a la postura o rechazarla por completo; deja de ser una crítica a la idea y se convierte en una ofensa personal. En este escenario un meme puede tener el mismo peso que un estudio económico y un tweet la misma validez de un informe electoral de la OEA.

Con la política de la postverdad bien posicionada para el balotaje, debemos ser sumamente cautos en la información que compartimos a nuestros seres queridos. No estaría de más realizar un ejercicio de humildad y aceptar que a pesar de nuestra formación o nuestro ego, seguimos siendo susceptibles a engaños y manipulaciones. Finalmente estas elecciones también pasarán y sea cual fueren sus resultados seguiremos siendo un solo país; su vecino seguirá siendo su vecino y su compañero de trabajo volverá a ser ese rostro familiar del día a día a pesar de sus diferencias políticas.

Posted in Análisis.