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La revolución del Croissant en Quito

Por: Julio Peña y Lillo E.

América Latina en su larga historia primero como ex colonia y luego en su transición a lo que conocemos hoy como repúblicas bananeras, es decir, dependientes tanto de materias primas como de otros Estados más desarrollados, nos ha dejado como resultado tristes copias o imitaciones de Estados capitalistas modernos, ya sea en su versión europea o en su versión norteamericana.

Determinados por una clara distinción entre países centrales o grandes metrópolis, y países periféricos o ex colonias, nuestras repúblicas latinoamericanas quedaron sentenciadas a convertirse en sucursales ultramarinas de los países económicamente más desarrollados. Sin embargo, a pesar de este escenario comercial adverso para nuestras naciones, el flujo de dinero que las transacciones internacionales generaron a los terratenientes, comerciantes y empresas latinoamericanas, permitió generar una sociedad a dos velocidades.

Por un lado, la de los dueños del capital y medios de producción o “happy few”, a quienes esta modalidad resultó ser más que suficiente para sostener la vitalidad de su modo de vida, y por otro lado, los sectores populares, o grandes mayorías, que desde la colonia fueron considerados como socios no-plenos del Estado, como semi-ciudadanos de la república, destinados a vivir en la escasez y cuasi-sobrevivencia, sectores que lo largo de nuestra historia han sido víctimas de esa forma de apartheid latino que a más de jerarquizar brutalmente a nuestra sociedad, la ha dividido entre: integrados y expulsados, aceptados o marginados, opresores y oprimidos, explotadores y explotados.

Nuestras republicas terminaron forjando su identidad en torno a la exclusión y automutilación sistémica, puesto que dejaron por fuera nada menos que a la gran mayoría de la población: indios, negros, mestizos, cholos y mulatos; generándose de esta manera una tensión social permanente y sin reposo entre: elites económicas y dirigentes de los Estados, frente a las diversas comunidades latinoamericanas, las cuales se han visto siempre marginadas y oprimidas.

La revolución del Croissant que presenciamos frente al Consejo Nacional Electoral (CNE) en las últimas elecciones llevadas a cabo en Ecuador el pasado 19 de febrero, transmitida con toda fastuosidad por los medios privados de televisión, puso nuevamente de relieve esta tensión –histórica-, a través de la aplicación de una estrategia -desesperada- de dramatización disfrazada de campaña de fraude, con la cual los sectores acaudalados buscaron deslegitimar la victoria del proceso político en curso, y forzar una salida que les permita recomponerse como fuerza política y revitalizar la posibilidad de su retorno al poder.

La revolución del Croissant en Quito está diciendo al resto de ecuatorianos, que no tiene ningún problema ni ético ni moral en defender a los que en su momento se feriaron los recursos públicos del Estado para pagar deudas de la banca privada, o en apoyar a los actores políticos que estuvieron involucrados en la tragedia nacional del feriado bancario, políticos que ahora sin ningún empacho hablan de la necesidad de atraer inversiones, teniendo sus fortunas bien ubicadas en paraísos fiscales para evadir impuestos, quebrantando de esta manera el principio de solidaridad nacional (más tiene, más contribuye) con el desarrollo del país.

Para estos sectores conservadores (que no desean más alteraciones de su orden), completamente funcionales a los grandes poderes económicos y de la banca (ese 1%), el “otro” o el adversario por excelencia, va a ser todo aquel que respalde el proceso político de la Revolución Ciudadana, la cual va a ser constantemente demonizada por los medios de comunicación del gran raiting (y del gran capital), en un intento permanente de perjudicar su imagen frente a la percepción que tiene el pueblo.

Si bien los representantes políticos de estos sectores económicamente bien situados ya estuvieron en el poder con el ex Presidente Mahuad, y ya quebraron al país con su modelo neoliberal, dejando sin resolver los problemas sociales de los sectores más vulnerables, ahora, con esta revolución del Croissant del 19 de abril pretenden impedir que el proyecto político de la Revolución Ciudadana siga fortaleciendo la inversión pública, la justicia económica (impuestos a los más ricos), la redistribución de la riqueza, los servicios gratuitos para los trabajadores, así como la integración latinoamericana.

Resueltos a seguir perpetuando y reproduciendo la inercia de las injusticias de esas sociedades coloniales-neoliberales a dos velocidades: de opresores y oprimidos, de explotadores y explotados, la revolución del Croissant emerge como negación prepotente y autoritaria del acontecer democrático, o de respeto a la voluntad de la mayoría.

No obstante, como hemos podido apreciar en los últimos resultados electorales, después de 10 años de Revolución Ciudadana, la gran mayoría de ecuatorianos ha hecho prevalecer una visión política que prioriza el bienestar del ser humano y que garantiza sus derechos por sobre los proyectos políticos que de sobra sabemos reproducen y ahondan las desigualdades, los sufrimientos y las privaciones ciudadanas.

Por ello lo que está en juego en esta segunda vuelta del 2 de abril, son dos visiones de la política: la una, que ve la salud, educación, seguridad social y demás servicios públicos como una posibilidad de negocio (privatizaciones), abanderada ahora por los promotores de la Revolución del Croissant, y la otra, que sigue luchando porque todos esos  bienes públicos sigan siendo de acceso libre y de calidad para todos, proyecto que es respaldado por la Revolución Ciudadana. Para un país como Ecuador, de grandes desigualdades históricas, este 2 de abril es una fecha transcendental. Usted decide.

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