Manifestantes del grupo Occupy Wall Street (Ocupemos Wall Street) marcharon por todo el Distrito Financiero de Manhattan vestidos como "zombis corporativos" el lunes 3 de octubre de 2011, en Nueva York. (Foto AP/John Minchillo)

Los zombis neoliberales del siglo XXI

Julio Peña y Lillo E.

Un zombi es la representación de un cadáver que de una u otra manera puede volver a la vida, figura legendaria del culto vudú, que utilizamos en esta ocasión para describir a gran parte de los individuos en este entrado siglo XXI. Habitamos un mundo en donde transitamos cotidianamente entre la muerte, rodeados de una cultura chatarra, de un consumismo desechable, de una obsolescencia programada, que ha hecho de los objetos, las relaciones y las personas, elementos completamente descartables, en donde todo nace para morir o perecer cuasi inmediatamente.

La versión neoliberal de la globalización con sus “american way of life” que se expande aceleradamente, ha ido vulnerando a su paso todas nuestras condiciones de existencia, al privatizar: la salud, la educación, las jubilaciones, los créditos; colocando a la humanidad en un retroceso histórico sin precedente, ya que a pesar de toda la riqueza acumulada y de los avances científicos y tecnológicos alcanzados, la economía ha terminado por convertir a los seres humanos en entes superfluos, sobrantes, o en pueblos imposibilitados de forjarse su propio destino.

El sistema zombi neoliberal se caracteriza por emitir pocas recomendaciones y “órdenes del día”, confía plenamente en la ciega y automática obediencia de nuestras rutinas, la cuales apuntalan una ideología como dogma de fe (neoliberal), inmune a las terribles pruebas de la realidad (ocho hombres poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, Oxfam 2016).

La apoteosis neoliberal de culto al “triunfador” y de híper concentración de la riqueza en pocas manos, pasa inadvertida entre los zombis, porque los agentes del capitalismo global cuentan con todas las fuerzas y bienes de producción –incluido los medios de comunicación y la industria cultural-, desde donde modelan los discursos y las formas de ver el mundo y la vida (sociedades del consumo luego existo), dificultando así cualquier intención que pretenda cambiar la realidad.

En este escenario, cualquier idea que se desvíe de la línea prescrita o determinada, o cualquier acción que nos plantee un orden diferente, va a ser acusada de entorpecer el accionar fluido de las democracias liberales, convirtiéndose inmediatamente en algo sospechoso que amenaza el llamado “consenso” neoliberal así como la “estabilidad” social.

Frente a esta globalización neoliberal de zombis de traje y corbata, que produjo inseguridad, insatisfacción, desprotección, de sobra incapaz de hacer felices a la gran mayoría de los ciudadanos, surgieron los Estados progresistas del Sur, conocidos también como bolivarianos o del socialismo del siglo XXI, para oponerse a la reproducción de esa tendencia devastadora de la acumulación por desposesión, conocida también como privatización de todo aquello que debe ser público o social.

Estas revoluciones del Sur irrumpieron empujadas por los sectores populares, los cuales gracias a la conquista del poder, han podido transformar las relaciones sociales, ampliando los ámbitos de igualdad, de oportunidades y de libertades, logrando incluso que la sociedad, la política y la economía tengan por primera vez, una mirada volcada hacia las necesidades reales del país.

La encrucijada electoral que tenemos hoy en día por delante, nos confronta nuevamente a dos posibilidades, o sostenemos estos procesos políticos que fortalecen el campo de prioridades de lo público, conocido como todo aquello que es de todos, y que forma parte de la resistencia viva frente a la vorágine neoliberal-capitalista, o damos paso nuevamente al neoliberalismo, ahora disfrazado de “cambio”, ya sea con rostro de Lasso o de Viteri.

Salir del estado zombi en este siglo XXI implica entonces, ser capaces de alzar la mirada por encima del nivel de nuestra estrecha experiencia cotidiana e individual, e influir directamente sobre las circunstancias que modelan nuestra propia vida en sociedad. Sin perder de vista la pobreza, la desigualdad y las injusticias humanas, apuntalar esa reorientación vivida en Ecuador en esta última década ganada, para que lo público y lo privado puedan seguir labrando juntos un camino que nos permita escapar de la penuria causada en aquellas épocas de la política y de vida privatizada.

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